La ansiedad de mi adultez: la historia silenciosa que comenzó en mi niñez
- Nathaszha Rodríguez

- 11 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Crecí rodeada de mujeres. Presencia femenina en cada rincón, pero con una energía profundamente masculina. Mujeres que resolvían, que sostenían, que lo hacían todo. Vi a mi mamá y a mis tías taladrar paredes, cortar madera, arreglar instalaciones eléctricas, pegar baldosas y hasta frisar paredes. También vi arte, manualidades, suculentas comidas, meditaciones, Reiki, cristales y libros. Pero, aun así, el peso de la fuerza, del “yo puedo con todo”, era mayor.
La figura masculina siempre estuvo. Pero no como pilar. Más bien como sombra. Mi abuelo que iba y venía. Tíos y primos que no representaban estabilidad. Y mi papá, ausente el 90%, apareciendo de vez en cuando con meses de colegio pagados, Torontos y un cuento rápido. Gracias a eso entendí temprano que la presencia física no siempre es la presencia emocional.
Crecí en un hogar donde amar a la familia estaba por encima del amor propio.
Donde el sacrificio por otro era signo de virtud, respeto y aplausos.
Donde pensar primero en ti era visto como egoísmo.
Mi abuela dejó su propia vida para servir a otra familia. Mis tías y mi mamá siempre pusieron a todos antes que a ellas. Amigas casi no tuvieron. Tiempo libre tampoco.
Y todos mis momentos de niñez quedaron marcados por una frase que parecía inofensiva, pero me formó por dentro:
“Muchacha, no seas floja. Ponte a hacer algo.”
A mis 40 lo entendí. Esa oración se volvió la raíz de una ansiedad silenciosa. Me entrenó para hacer mil cosas, para estar en modo 4x4, para creer que la mujer valiosa es la que hace de todo… y que descansar es una falla del carácter.
Ese mandato me hizo estudiar sin parar, trabajar sin pausa, crear proyectos nuevos cada mes, limpiar, ordenar, ayudar, aprender habilidades nuevas, leer, emprender, producir, correr, vivir con el piloto prendido. Ocio significaba culpa. Descansar era traicionar el modelo familiar.
Incluso aprendí a retirarme temprano de reuniones sociales porque “mañana tengo clase de…”. Clase de yoga, clase de inglés, clase de danza, clase de turismo, clase de algo. Siempre había una excusa productiva para no disfrutar, para no quedarme, para no vivir el momento. Me iba antes de que comenzara lo mejor. No me daba permiso de compartir, de reír, de quedarme un rato más. Sentía que si no cumplía con esa versión hiperproductiva de mí, estaba fallando.
Y así me convertí en una adulta con la mente siempre ocupada, con el corazón acelerado y con la atención dividida en dos pantallas… incluso cuando intentaba ver una película, yo estaba respondiendo correos, creando ideas, investigando, organizando algo. Produciendo. Siempre produciendo.
Sin darme cuenta construí una valoración externa:
si hago mucho, valgo mucho.
Si hago, me quieren.
Si ayudo, me respetan.
Si produzco, existo.
Pero hoy sé que esa ansiedad por “no ser floja” me cansó. Me entristeció. Me robó momentos hermosos. Muchos. Momentos que no vuelven.
Ahora mi vida cambió. Hoy estoy aprendiendo
A decir quiero quedarme en casa.
No quiero, gracias.
Prefiero leer.
Quiero ver televisión sin revisar el celular.
Quiero jugar con Nathan sin prisa.
Quiero cocinar sin escuchar un podcast para aprender algo más.
Quiero bañarme disfrutando el agua.
Quiero maquillarme sin correr.
Quiero respirar antes de reaccionar.
Quiero hablar desde la calma, no desde la validación. Y el tener que responder de inmediato un me mensaje, porque llegó una notificación a mi telf.
Quiero quedarme en una reunión hasta que mi corazón diga “ya fue suficiente”, no hasta que la culpa diga puedes hacer algo mejor con este tiempo.
Esto ha sido parte de mi transformación este año. Una lista larga que seguiré construyendo con el tiempo, pero que ya me permite mirar la vida de otra manera.
Hoy abrazo la idea de que descansar también es avanzar.
Que detenerme no me quita valor.
Que decir “no” también es una forma de amor.
Que soltar la guerra interna me permite respirar diferente.
Que vivir con menos prisa me da más vida.
Y no quiero ser una mujer 4x4 q
que resuelve todo y no pide ayuda.
La ansiedad no se fue.
Yo aprendí a conocerla.
Yo aprendí a hablarle.
Yo aprendí a no obedecerla.
La niña que fui hizo lo mejor que pudo.
La mujer que soy hoy se está permitiendo vivir de verdad.
Y por primera vez, estoy aprendiendo que no hacer nada…
también es hacer mucho por mí.


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