Cuando aprender a callarme fue la forma de encajar
- Nathaszha Rodríguez

- 13 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Durante mucho tiempo aprendí a hablar de mí con cuidado.
No por humildad si no por miedo.
De niña, cuando lograba algo, solía decir con naturalidad que era la mejor. No desde la soberbia, sino desde la inocencia de quien se siente orgullosa de lo que hace. Sin embargo, la respuesta casi siempre era la misma:
“no seas ególatra”,
“no hables tanto de ti”,
“no seas yo, yo, yo… no seas un yoyo”.
Sin darme cuenta, fui aprendiendo una lección silenciosa: destacar podía incomodar.
Con el tiempo, esa idea no solo se quedó en mi mente, se alojó en mi cuerpo. Hoy entiendo gracias a la psicología el yoga y a las enseñanzas de Joe Dispenza que el cuerpo memoriza las experiencias emocionales del pasado y luego actúa como si aún estuvieran ocurriendo. Yo aprendí a protegerme bajando el volumen de mi voz, de mi grandeza.
Más adelante, cuando decidí estudiar una segunda carrera y luego un posgrado, el patrón volvió a repetirse. Escuché frases como: “¿para qué estudias tanto?”
“no te invitamos porque sabíamos que estabas en clase”
o aquella que aún recuerdo con claridad:
“¿y para ser profesor de yoga se estudia?”
No eran simples comentarios. Eran mensajes implícitos que decían: tu crecimiento incomoda, tu preparación exagera, tu disciplina descoloca.
Y así comencé a asociar mis estudios, mis logros y mi constancia con la idea de ser ególatra. Como si aprender más, profundizar o especializarme fuese algo que debía justificarse.
Con los años desarrollé un hábito muy específico al hablar: antes de expresar una idea o compartir un logro, decía frases como: “no es que yo sea una genia”,
“no es que yo haya descubierto esto”,
“esto lo acabo de entender”,
“esto lo descubrí recientemente”.
Durante mucho tiempo pensé que era solo una forma de ser prudente. Hoy entiendo algo distinto: era una forma de pedir permiso para existir intelectualmente.
Incluso, hace poco, alguien dijo en voz alta:
“cada vez que Nathaszha habla de su postgrado…”.
No terminó la frase, pero no hizo falta. O al menos yo no lo escuche...pero el mensaje estaba completo.
Y fue profundamente incómodo para mí.
No por vergüenza de mi formación, sino porque en ese instante reconocí el patrón con total claridad. Sentí en el cuerpo esa vieja sensación conocida: la de estar “exagerando”, la de incomodar, la de tener que bajarle el volumen a lo que soy. Y entendí algo importante: el juicio externo solo activa una herida interna que aún está en proceso de sanación.
Joe Dispenza explica que la personalidad está hecha de hábitos emocionales repetidos. Y este era uno de los míos: minimizarme antes de hablar para no incomodar, aclarar antes de afirmar, justificar antes de expresar.
No porque no creyera en mí.
Sino porque mi sistema nervioso había aprendido que era más seguro hacerlo así.
Este entendimiento no lo tuve siempre. Lo estoy comprendiendo ahora. Lo descubrí recientemente. Y ha sido profundamente revelador darme cuenta de que eso que yo llamaba humildad, en realidad era autoprotección. Era una lealtad inconsciente a una versión de mí que necesitó encogerse para pertenecer.
Hoy estoy soltando ese patrón.
Estoy entendiendo que hablar desde la experiencia no es ego.
Que nombrar lo que sé no es soberbia.
Que reconocer mis estudios y logros no me convierte en menos empática ni menos humana.
Joe Dispenza enseña que el verdadero cambio ocurre cuando dejamos de vivir desde la memoria emocional del pasado y comenzamos a crear una nueva identidad desde el presente. Eso es lo que estoy haciendo: enseñándole a mi cuerpo que hoy es seguro expresarme sin justificarme.
Ya no necesito aclarar que no soy una genia.
Ya no necesito minimizar mis procesos.
Ya no necesito suavizar mi voz para encajar.
Hoy elijo hablar desde la calma, desde la certeza y desde la coherencia con quien soy. Sin defensa. Sin permiso. Sin culpa.
Porque mi historia, mis estudios y mi recorrido no son un exceso.
Son parte de mí.
Y honrarlos también es una forma de sanación.


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