top of page

Viajar, Confiar y Aprender: Una Reflexión desde el Burj Khalifa


Viajar es un acto de valentía. No solo porque implica atravesar fronteras, sino porque también nos obliga a enfrentarnos a los prejuicios que llevamos en nuestra maleta invisible. Esta es la historia de cómo en Dubái, una ciudad de rascacielos y extravagancia, recibí una lección inesperada sobre confianza, etiquetas y humanidad.



 Burj Khalifa, 4 Feb 2019
 Burj Khalifa, 4 Feb 2019


Allí estaba yo, sentada en un McDonald’s. Sí, McDonald’s. En una ciudad famosa por su gastronomía de lujo y sus sabores únicos, decidí refugiarme en lo conocido. Culpo al miedo: miedo a probar algo nuevo, miedo a sentirme fuera de lugar. Entre mordiscos de una Big Mac, un joven se acercó y me preguntó si podía sentarse conmigo. Dudé, pero finalmente dije que sí.


Era egipcio, musulmán, chef y, un buscador de oportunidades en Dubái. Su curiosidad era evidente: ¿De dónde eres? ¿Por qué estás sola? Yo también tenía mis preguntas, pero estaban atrapadas entre los prejuicios y las historias que tantas veces nos cuentan. Al terminar nuestra comida, mencioné que planeaba ver el espectáculo de luces del Burj Khalifa. Era el 4 de febrero, Año Nuevo Chino, y prometía ser una noche especial. Para mi sorpresa, él se ofreció a acompañarme.


Acepté. Y así empezó mi tormenta mental.


Caminamos por el inmenso centro comercial, cruzamos la multitud de turistas, en su mayoría chinos, y mi cerebro encendió todas las alarmas. “¿En qué estaba pensando? ¿Qué hago siguiendo a este desconocido? Esto va a terminar mal, definitivamente.” Mi mente creó una producción digna de un Oscar: secuestros, explosiones, planes maquiavélicos. Pero seguimos caminando.


Llegamos a un rincón apartado, casi vacío. Solo unas cuantas personas estaban allí. En el centro había un banco con una vista impresionante del Burj Khalifa. Mi acompañante, con un gesto elegante, me abrió paso y dijo: “Espero que disfrutes el show. Este es el mejor lugar para verlo, sin tanta multitud. Gracias por permitirme acompañarte. Un placer. Me voy.”


Y se fue. Así, sin más.


Me quedé inmóvil, con una cachetada invisible en el rostro. Tres segundos antes lo había juzgado. Había permitido que mis prejuicios nublaran mi percepción de una persona que solo quería compartir un momento de amabilidad. Mientras el show comenzaba, las luces, el agua danzante y la música de fondo se mezclaron con las lágrimas que brotaron de mis ojos. Lágrimas de gratitud, de emoción, pero también de vergüenza por haber dejado que mis etiquetas internas dictaran mis pensamientos.


Ese hombre, un simple desconocido, me regaló algo más valioso que un buen lugar para ver el espectáculo. Me enseñó que los prejuicios nos limitan y que a veces solo necesitamos confiar un poco más en la humanidad. Vivimos en un mundo lleno de historias prefabricadas que alimentan nuestros miedos, pero los viajes nos dan la oportunidad de escribir nuestras propias narrativas.


Desde entonces, cada vez que miro una etiqueta, ya sea en una persona, en un lugar o en una situación, me pregunto: ¿Es realmente mía o es algo que alguien más me ha impuesto? Porque viajar, en su esencia, no es solo ver lugares nuevos; es aprender, crecer y, a veces, dejar que nos rompan esas barreras internas que ni sabíamos que existían.


Así que, si alguna vez estás sentada en un McDonald’s en un lugar lejano, recuerda: la verdadera magia de los viajes no está en los lugares que visitas, sino en las lecciones que te llevas. Y si alguien te pide sentarse contigo, tal vez, solo tal vez, estés a punto de aprender algo extraordinario.

Comentarios


bottom of page